Reconocimiento y redistribución: La colonización no fue un accidente

Lois Mailou Jones, Two African Hairstyles, 1982. Via Frederic Magazine

En el mes de marzo, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución que reconoce la esclavitud y la trata transatlántica como uno de los crímenes más graves cometidos contra la humanidad. La iniciativa, impulsada por países del continente africano con Ghana a la cabeza, obtuvo un amplio respaldo, con 123 votos a favor. Aunque la resolución encontró resistencia de países como Estados Unidos, Israel y Argentina y varios Estados europeos, su aprobación supone un importante gesto político en el plano global.

Sin embargo, debemos recordar que este reconocimiento no vinculante es simplemente una posición moral, una recomendación política, pero no crea una obligación jurídica internacional exigible.

Esta distancia entre el reconocimiento simbólico y la transformación efectiva de las narrativas coloniales pone de manifiesto que el problema no reside únicamente en la ausencia de obligaciones jurídicas, sino también en la persistencia de un imaginario que continúa legitimando o relativizando la violencia colonial.

En un contexto muy reciente en España nos encontramos con las declaraciones realizadas por el rey Felipe VI, durante su visita a la exposición La mitad del mundo. La mujer en el México indígena, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. En relación con la colonización española en Abya Yala, el monarca afirmó: «Hay cosas que, cuando las estudiamos con nuestros valores de hoy en día, obviamente no pueden hacernos sentir orgullosos. Pero hay que conocerlas en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso». Y añadió: «Hay mucho abuso y también debemos valorar el hecho de que, a partir de ese conocimiento, nos apreciaremos más».

Estas declaraciones revelan situación la compleja situación que es también la idea central de este texto: en el plano social, cuando alguien se disculpa por una acción concreta, suelen activarse dos dinámicas o dos respuestas esperadas. Por un lado, quien recibe las disculpas queda presionado implícitamente a aceptarlas, como si rechazarlas fuera una especie de arrogancia o de falta de voluntad para cerrar el conflicto: si ya hay una disculpa, ¿qué más se puede pedir? Por otro lado, la propia estructura de la disculpa introduce una lectura del hecho que no es neutra. Pedir perdón suele sugerir que lo ocurrido fue un error, una desviación, una acción sin intención, que no debería haber sucedido, pero que no formaba parte de un sistema.

Y aquí aparece el problema: esa lógica traslada la colonización al terreno de lo accidental o lo excepcional. Como si se tratara de abusos individuales o de decisiones moralmente cuestionables dentro de un marco que, en lo esencial, sería legítimo. Sin embargo, ni la colonización de Abya Yala, ni la trata transatlántica fueron un accidente: fue un sistema estructurado de dominación política, económica y racial que aún hoy sigue sosteniendo la sociedad en la que habitamos.

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