Venezuela: Una lógica colonial y expansionista

Mary Brandt Pérez via Odalys.

*English translation available here / Versión en inglés disponible

Reconocer que la intervención de Estados Unidos en Venezuela responde a una lógica colonial no implica, en absoluto, negar el dolor, el sufrimiento, los asesinatos ni las violencias producidas por el régimen de Maduro, y en ningún caso invalida el sentimiento devenido tras la “aparente eliminación” del régimen.

Tampoco supone defender su continuidad en el poder. Hacer esa lectura limita y bloquea el análisis y lo reduce a una posición que, lejos de justificar un régimen autoritario, intenta complejizar una realidad atravesada por relaciones históricas profundamente desiguales entre Abya Yala y Estados Unidos.

Descalificar a quienes expresamos estas preocupaciones, tachándonos de infantiles, rojos o con ideas utópicas, y afirmar al mismo tiempo que solo mediante la intervención militar estadounidense era posible la caída del régimen de Maduro, me lleva a recordar la noción de la colonialidad del ser desarrollada por pensadores como Aníbal Quijano y Frantz Fanon.

Esa lógica nos sitúa, una vez más, como cuerpos subordinados, incapaces de autodeterminación y necesitados de tutela, intervención y corrección externa, reproduciendo una vez más una lógica colonial que rechazo.

Es fácil observar de dónde surge este pensamiento y cómo se ha instalado en parte de la sociedad. Me refiero a las múltiples veces que, a lo largo de la historia, EE. UU. ha intentado convertir Abya Yala en el patio trasero de su casa, en su jardín privado, y tras cada intento subyace un residuo que va calando y permeando.

No es casualidad que, tras la detención de Maduro en Venezuela, se haya recordado la Doctrina Monroe (1823), porque es un ejemplo perfecto de intervención imperialista, aunque desgraciadamente no el único ni el primero. En Abya Yala podemos nombrar, sin mucho rebuscar, una lista de las violaciones que Estados Unidos ha infringido a la integridad territorial en los últimos años:

La Doctrina Monroe (1823), donde EE. UU. disfrazó de anticolonialismo un ejercicio que, en la práctica, le otorgaba a sí mismo el derecho de “intervenir” en la región sin referencia a una instancia multilateral o consensuada; ha sido el modus operandi, no una excepción.

Según se recoge en el diario El País, en una conferencia de prensa le preguntaron a Donald Trump: “Señor presidente, los críticos dicen que esto es un regreso al imperialismo del siglo XIX. ¿Está usted reviviendo la doctrina Monroe?”

Y respondió:

Estamos haciendo algo mucho mejor. Yo lo llamo la doctrina Don-Roe. Lleva mi nombre y el de Monroe, pero es mucho más fuerte. Significa que Estados Unidos es el jefe de este hemisferio. No vamos a permitir que China, Rusia o Irán tengan presencia en nuestro patio trasero. Durante demasiado tiempo dejamos que nos pisotearan. Eso termina hoy. Este es nuestro vecindario, y lo vamos a mantener limpio y seguro. La Doctrina Monroe fue algo grandioso, pero no tenía los dientes que yo le estoy dando. Tenemos el ejército más poderoso y vamos a usarlo para proteger nuestros intereses y nuestras fronteras.

Con todo esto, reconozco, sin duda alguna, la relevancia que supone el fin de un régimen que sumió en la miseria, el hambre y la muerte a millones de venezolanas y venezolanos, y deseo sinceramente que nunca vuelva a regir. Pero también me permito sentir miedo y preocupación y expresarlo desde mi lugar de enunciación.

Porque, aunque gran parte de mi familia esté hoy dispersa por el mundo como consecuencia de la crisis económica, social y política que expulsó a más de siete millones de personas de Venezuela, todavía tengo sobrinos, primas, tíos y amigas en el país.

Y la historia de nuestros territorios, una historia que atraviesa mi cuerpo, es el punto desde el cual hablo como persona negra, venezolana y migrada de Abya Yala. Desde ahí, no puedo dejar de preguntarme si este momento abrirá realmente un camino hacia la democracia y la autodeterminación, o si es simplemente una guerra más donde EE. UU. volverá a instrumentalizar el sistema judicial para sus fines políticos y económicos y, para ello, ha decidido perseguir al enemigo de turno que hoy es Maduro, pero mañana pueden ser las personas trans, las feministas, Rusia, Cuba, Gaza, Colombia, Groenlandia, España o cualquier otro país o grupo de personas que se interponga a sus intereses.

Todas observamos, como si se tratara de una serie de televisión, cómo el derecho de soberanía está siendo destrozado en nombre de la justicia, y cómo, con este acontecimiento, se abre vía libre para que EE. UU. continúe su conquista arbitraria sin límites. Si ha podido violar la soberanía de Venezuela ante nuestros ojos, también lo puede hacer con cualquier otro país, fuera o dentro de la Unión Europea, y lo que es peor, cualquier otro país podría verse tentado a intentar lo mismo, replicando un patrón de intervención que parece normalizado y aceptado por quienes deberían proteger los principios internacionales.

Nadie mueve un dedo. Nadie fuera de Venezuela ha realizado un gesto real. No hemos escuchado más que declaraciones tibias por parte de la ONU y la Unión Europea, y aquellas que llevan consigo alguna intención de acción están alineadas con la compra de armas más que con la defensa efectiva de la soberanía y los derechos de los pueblos afectados. Esto deja claro que la norma internacional y los mecanismos multilaterales parecen actuar más como espectadores que como garantes de justicia y autonomía.

Creo que pensar una transición verdaderamente emancipadora para Venezuela exige algo más que el fin del régimen de Maduro, impuesto o facilitado por un gobierno que, al mismo tiempo, expulsa, criminaliza y deshumaniza a nuestros hermanos, hermanas y hermanes en su país. Exige desmontar las lógicas de un sistema sustentado en el capitalismo colonial, heterocisracial y cosificante de toda forma de vida, que sigue estructurando el poder y definiendo qué vidas importan y cuáles son sacrificables.

Y sí, entiendo que para algunas personas todo esto no sea más que teoría. Pero creo profundamente que la vida necesita ser pensada para poder, al menos, intentar transformarla.

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