Matrimonio, nacionalismo y transacción

La nacionalidad es una moneda que otorga a las personas un valor desproporcionado. A escala global, las diferencias pueden llegar a ser extremas, hecho que se agudiza cuando son personas de diferentes nacionalidades las se enamoran. 


La transacción económica del matrimonio


Los acuerdos matrimoniales medidados por transacciones en efectivo no son una práctica novedosa. Acceder a una nacionalidad valiosa puede pagarse con una cantidad definida en moneda fiat que, por ejemplo, hace apenas unos años comenzaba en los 20 mil euros en Europa. El extranjero tira los dados a la espera de encontrarse con una persona que acceda al acuerdo y que lo honre. Al fin de cuentas, el honor es la mayor garantía en situaciones en las que ni siquiera el Estado puede proteger a las partes implicadas.

 

Al norte de California, un mexicano comentaba que tales transacciones comenzaban en los cinco mil dólares antes de la presidencia de Trump, pero que habían escalado dramáticamente tras el endurecimiento de las leyes migratorias. "Se puede encontrar más barato", remató, como declarando una gran verdad. La situación de quienes tienen acceso a alternativas “más baratas” es preocupante. “Más barato” es menos moneda fiat y más…  


Una mujer local hace frecuentes visitas al restaurante en donde trabaja su marido legal para pedirle dinero para costear su adicción a la heroína. La negativa del extranjero supone una represalia por parte la local, lo que invariablemente se traduciría en la expulsión del país de este. 


En Berlín, dos mujeres, una colombiana y otra alemana, se enamoran y se casan. Durante un tiempo, parecen llevar una vida feliz. No obstante, al cabo de un año, llega el abuso, y la diferencia de privilegios toma el lugar que antaño había ocupado el amor. La colombiana soporta los abusos físicos, psicológicos y emocionales de su cónyuge, una disciplinada oficial de policía alemana. A la pregunta de por qué no presentar una denuncia, la colombiana responde: "¿A quién le creeían, a la inmigrante colombiana o a la oficial de policía alemana?". Palabra contra palabra. En Alemania, el valor del extranjero deja de depender de su vínculo con el local después de años. 


¿Qué me quieres, amor?

Por supuesto, muchas personas de diferentes nacionalidades se casan y son felices. Sin embargo, aunque dicho matrimonio sea el resultado directo del amor y el respeto, hay mucha vulnerabilidad que es, por definición, ineludible.

 

En su novela Nadie quien me acompañe, Nadine Gordimer imaginó a Bennet como un personaje que solo es capaz de medir su vida a partir de la única posesión que cree tener: la primera vez que se acostó con quien habría de ser su esposa, Vera Stark, en Drakensberg. Desde entonces, solo puede entender la vida a través de ella, incluso cuando el tiempo ha pasado y la vida -la suya y la de Vera- ya es otra distinta.

 

Al menos durante un tiempo, es probable que en un matrimonio entre personas de diferentes nacionalidades, el extranjero se vea obligado a vivir su vida a través de la vida de su cónyuge.  

 

Angela Davis señala en La libertad es una batalla constante que el matrimonio ha sido fuente de opresión para los Negros en Estados Unidos y que, usada como herramienta de ascenso social -cosa que se ha definido como ganancia- no es más que una forma costosa y dolorosa de perder la libertad. 

 

Unamos las reflexiones de Davis y Gordimer con una ideas del ensayo de Mara Marin, la vulnerabilidad a la opresión. No se trata de que personas de diferentes nacionalidades no puedan amarse. De hecho, es debido al amor que darse cuenta de la pérdida de libertad que entrañan juegos de poder tan disímiles se hace desafiante. Que dos personas de diferentes nacionalidades se casen no crea opresión por antonomasia, pero sí genera vulnerabilidad a la opresión. Y, además de las dinámicas de poder desproporcionadas que conllevan los conflictos de nacionalidad, también existen barreras culturales y laborales y obligaciones burocráticas que se inmiscuyen en el vínculo. 

 

No se puede ignorar que tal situación crea una vulnerabilidad emocional y económica directamente relacionada con el matrimonio. Es frecuente que el local pase por alto la vulnerabilidad del extranjero, como si lo que el segundo enfrenta no estuviera directamente relacionado con el matrimonio en sí y como si al primero no le creara obligaciones para con el otro.

 

Esto último, unido a un sinfín de otras complejidades, deja a su paso una sensación de poco valor en el extranjero, ahora vulnerable, que puede llegar a creer que de alguna manera su pareja le está haciendo favor. Por lo tanto, se ve en la obligación de satisfacer las necesidades del otro y de acomodar su vida para que encaje con la del local, que vale más, al menos en la práctica. Drakensberg.

 

Para encontrar una solución a una desigualdad tan generalizada, la búsqueda de soluciones recae en todos y cada uno de nosotros. El primer paso suena sencillo, pero es el que marca el quiebre: crear conciencia. No obstante, no se trata solo de ver a partir de la vida que nos tocó y de lo que nuestra mirada alcanza -hay tanto que nos excede- sino también ser capaz de ver a través de la mirada del otro. Veamos y permitamos que otros vean. El amor, ese motor, nunca existe por sí solo.